3.1.11

Anillo de circunvalación

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Las tardes se tornan grises; melancólicas, las avenidas. Carrera interminable, estrategia precisa para burlar al destino, soy el alfil que apunta jaque mate. Agónicas las tardes se vislumbran desde mi ventanal. Soy prófuga, construyo un diálogo frente al espejo, pero fracasa mi discurso irónico atrapado en la rutina, mundo interior atestado de deseos y recuerdos fantasmales. Recreo la escena, me reconozco en esa mirada lasciva sobre mí, me siento amenazada y aturdida. Me impongo mis propias reglas en el tablero inmóvil.










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El baño evangelizador espera en el sitio donde renazco a diario. El murmullo usurpa al recuerdo, se trata de dar un golpe de estado hacia el poder que puede ser un compromiso. Recorremos largos andenes, hablamos a media voz para descifrar la condición de nuestro amotinamiento.











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La soledad es lo único que nos salva. En el camino del tranvía, los árboles pasan a una velocidad impresionante; esta sensación pastosa en la lengua es el infierno habitable de las dos de la tarde. Cien miligramos para el orden del mundo, para el temblor del universo, tan parecido a este silencio que se estrella contra el asfalto. Mi voz se encuentra en medio de ninguna parte, aquí donde la ciudad nos penetra, nos salva, nos hunde.










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El silencio como una centella atraviesa la habitación, como si ese filamento que te dibuja intentara salvarnos. La ciudad se tiende bajo el crepúsculo, a mitad de la muerte. Es de noche y la marea lunar que somos se empeña en reunirnos, flujo y reflujo. En la metrópoli él y yo somos el tintineo de los hielos en una copa de whisky, diáfana y ambarina campana de cristal en la hora de nadie. Nos reímos mientras el apartamento se incendia. La ciudad no es porteña, pero llega al ventanal la brisa y el chillido inubicable de las gaviotas. Aunque la noche se vuelve insoportable, me torno indecisa, apuesto y pierdo, también gano. Odiosamente feliz me convenzo de haber descifrado el enigma. El edificio no tiembla, vemos la avenida apenas iluminada con esa paz que ocasiona el nunca.

















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La habitación es un campo de batalla, la añoranza comienza a ganar en cruzadas vespertinas. El sonido del ventilador no impide el paso del tiempo, queda atrapado en estas paredes, donde la nostalgia ha tejido sus redes en los rincones. Sólo hay posibilidades de que tu nombre escape bajo la puerta. Creo que estamos en buen camino: pronuncio tu nombre y acudes con todas tus letras al tablero de mi ouija. Tu voz embosca el devastado bosque de los domingos, cuando la barra programática de la tevé produce un lumínico presidio. Debo acentuar el punto final a la distancia, no conozco más atajo a la felicidad que tu cuerpo.











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Pasos sobre el desierto, huellas que nos devuelven a un encuentro inconcluso, movedizo. El paisaje que ahora habito tiene la necesidad de descifrar enigmas. El destierro me deja inmóvil. La tarde no tiene un susurro que la corrompa. Si me acerco a la ventana, sé que te miraré. El exilio es una grieta que se ahonda y entreteje cicatrices de oscuro rizoma, sorda comunión legible.










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Me cubro de palabras. La noche se pronuncia como una amenaza a este lugar insalvable. Vienes de otros cuerpos. Cada alegría trae consigo su propia tragedia.










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A Javier Molina

Este lugar es una provocación. Llovió. Mientras los diarios refieren sucesos y consecuencias a largo plazo; el Wall Street danza al compás de las horas, el crepúsculo se convierte en puerto para los barcos de este boulevard marítimo. Me interno en viaductos donde la brisa no llega, pero las ráfagas de hielo azolvan esta oleada de júbilo. El mar es una grieta en el epicentro de la plaza.










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Es el ocre que habitamos. La nada es la respuesta a cualquier pregunta. El aire asesina de un tajo el silencio. No hay más allá de este frío que aniquila las noches. Ni hoy ni mañana nos despertará la lluvia. Mientras este amor transcurre entre biznagas y encinos, busca al sur una vereda que nos lleve al ojo de agua. Ahí derrocaremos al tiempo como una prueba más de la exactitud de nuestros cuerpos.









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Me he divorciado doce veces. Ellos cambiaban el sentido de la sortija, dependiendo de la frescura de la mesa. La mirada perpendicular termina con el objeto, lo aniquila, a sabiendas que renacería desde otra perspectiva.








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Aquí donde la noche no existe, soy esa mujer que ve la frontera sobre el hombro de un desconocido.

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