Desde las cenizas me levanto,
con mi cabello rojo
y devoro hombres como el aire.
Sylvia Plath
Y vendrán los años.
No alterarán su melodrama
apresurado por la tinta
nos caerá sobre el recuerdo
el tiempo.
La melancolía,
planicie de silencio,
será un atajo
para llegar puntuales y desnudos
al encuentro gozoso,
al
extravío.
Soy la casa que habitas,
inmensa línea indivisible.
Las palabras resuenan en el vacío
donde pudimos no encontrarnos.
Ansiedad que envuelve mi vientre,
festival sin orquesta.
Soy
tu búsqueda
tu nictálope.
Danza nocturna
convierte mi cuerpo en quimera
ciudad–vientre
de semáforos clandestinos.
He recorrido innumerables puentes
ahí donde soy en cada hombre
imagen que se alarga entre los muros.
No es inútil la rebelión de tus labios
ni de mis senos que atraviesan el olvido,
no eres tú el que limpia
esta confusión de lenguas que te nombra;
es la evocación del regreso,
un cuerpo habitando en mi cuerpo.
La ciudad no eras tú.
¿Cuánto se pierde al caer la tarde?
¿Cuánto de este horizonte
que apunta a la nostalgia?
Más allá del tacto
y las palabras,
la convulsión de nuestros cuerpos
es una ráfaga de luz.
Réquiem en sol y desolado,
nos enseña a amar la afonía.
Aquí el dolor es un atajo.
Un vaho me suprime
en las cuatro esquinas
de la ciudad que habito,
espejo quebrado.
La ciudad que habito
no tiene calendarios;
aquí todos los días son domingo,
no hay nada que la salve.
Es el alfiler utilizado en el embrujo,
espina sangrante,
llaga presionada.
Toda complicidad termina en la ciudad que habito.
No necesita planos,
a falta de relieves
y sobresaltos.
Todos los meses son Julio
y el total de sus noches el invierno.
Contienda en el ocaso
7:45 p.m.
Abres los párpados
para el inicio de la fiesta.
La ciudad, batalla vespertina.
No soy más,
sólo una mujer
que pronuncias
y arde.
7:50 p.m.
A tu altura
un vacío nos habita.
Cae la nostalgia
y tus letras se estrellan contra el muro.
No soy más,
sólo una mujer que habita
este lugar herido por un río.
7:55 p.m.
Bajo el intenso funeral cotidiano,
un beso resiste a la muerte,
puente de mis días posteriores.
No soy más,
sólo una mujer que zarpa
en el barco puntual del asesino.
8:00 p.m
La reina y su festín de gala,
tirana, vencedora,
corte sombría que nos invade,
mirada en desapego.
No soy más. Sólo una mujer que observa
cómo se incendia el horizonte.
Salgo de tu boca para adentrarme en tus ojos.
Somos un mismo signo bajo el agua.
Somos este viento del sur que rompe olas.
Miércoles de ceniza
Imperiosas lágrimas derramo
y la habitación arde.
Es aquí donde me vuelvo
para convertirme en estatua.
con mi cabello rojo
y devoro hombres como el aire.
Sylvia Plath
Y vendrán los años.
No alterarán su melodrama
apresurado por la tinta
nos caerá sobre el recuerdo
el tiempo.
La melancolía,
planicie de silencio,
será un atajo
para llegar puntuales y desnudos
al encuentro gozoso,
al
extravío.
Soy la casa que habitas,
inmensa línea indivisible.
Las palabras resuenan en el vacío
donde pudimos no encontrarnos.
Ansiedad que envuelve mi vientre,
festival sin orquesta.
Soy
tu búsqueda
tu nictálope.
Danza nocturna
convierte mi cuerpo en quimera
ciudad–vientre
de semáforos clandestinos.
He recorrido innumerables puentes
ahí donde soy en cada hombre
imagen que se alarga entre los muros.
No es inútil la rebelión de tus labios
ni de mis senos que atraviesan el olvido,
no eres tú el que limpia
esta confusión de lenguas que te nombra;
es la evocación del regreso,
un cuerpo habitando en mi cuerpo.
La ciudad no eras tú.
¿Cuánto se pierde al caer la tarde?
¿Cuánto de este horizonte
que apunta a la nostalgia?
Más allá del tacto
y las palabras,
la convulsión de nuestros cuerpos
es una ráfaga de luz.
Réquiem en sol y desolado,
nos enseña a amar la afonía.
Aquí el dolor es un atajo.
Un vaho me suprime
en las cuatro esquinas
de la ciudad que habito,
espejo quebrado.
La ciudad que habito
no tiene calendarios;
aquí todos los días son domingo,
no hay nada que la salve.
Es el alfiler utilizado en el embrujo,
espina sangrante,
llaga presionada.
Toda complicidad termina en la ciudad que habito.
No necesita planos,
a falta de relieves
y sobresaltos.
Todos los meses son Julio
y el total de sus noches el invierno.
Contienda en el ocaso
7:45 p.m.
Abres los párpados
para el inicio de la fiesta.
La ciudad, batalla vespertina.
No soy más,
sólo una mujer
que pronuncias
y arde.
7:50 p.m.
A tu altura
un vacío nos habita.
Cae la nostalgia
y tus letras se estrellan contra el muro.
No soy más,
sólo una mujer que habita
este lugar herido por un río.
7:55 p.m.
Bajo el intenso funeral cotidiano,
un beso resiste a la muerte,
puente de mis días posteriores.
No soy más,
sólo una mujer que zarpa
en el barco puntual del asesino.
8:00 p.m
La reina y su festín de gala,
tirana, vencedora,
corte sombría que nos invade,
mirada en desapego.
No soy más. Sólo una mujer que observa
cómo se incendia el horizonte.
Salgo de tu boca para adentrarme en tus ojos.
Somos un mismo signo bajo el agua.
Somos este viento del sur que rompe olas.
Miércoles de ceniza
Imperiosas lágrimas derramo
y la habitación arde.
Es aquí donde me vuelvo
para convertirme en estatua.