7.11.09

Ex libris


Al contado*


El imbécil se creía dueño de un arcoíris vinílico

y de mi alma gris.


Esta nostalgia trae el sabor de alguna canción que sin duda me recuerda a ese hombre. Escapó bajo la lluvia, mientras los autos se quedan suspendidos tras la luz roja que invade el pavimento.

En esta historia no existen huidas, ni bienvenidas postergadas, sólo este cansancio que nos dejó atrapados en el silencio, se lo dije, siempre se vive bajo una eterna búsqueda.


Caminar bajo la lluvia no es motivo para sentir lástima por nadie, mucho menos en esta ciudad que se desangra todas las noches.


La espera de una llamada inconclusa se ve acompañada de Al contado de Omar Navo, desde sus inicios pareciera que el libro trajera un soundtrack específico para terminar emborrachándose en la primer cantina, para acentuar la herida y seguir las huellas de cada uno de los personajes.


Dos caguamas para el alivio, las demás serían por puro placer...


Tarareo la canción de Gaspior Madrigal, como si mi timbre de voz fuera el que penetra bajo su puerta. Me solidarizo con Navo y repito: Cuando un solitario se va nunca quieras regresarlo. Las llamadas a distancia en ocasiones pueden ser buen bálsamo para el hastío, digo que el norte es el sendero a este idilio clandestino.


-No te vayas, novia mía -le dijo el tipo a su morrita.-Sí, es que tengo que llevar a mi perrita al veterinario...Se quedó solo, pero desde mañana se convertiría en el mataperros más famoso del país. Empezaría por la perra de su novia.


Tu ausencia era anunciada por la voz de una contestadora. Posé la mirada hacía el retrato de Monclova y supe que todo había terminado, a mitad del silencio Gaspior entonaba:


Te me fuiste cuando más jodido estaba, cuando más yo te necesitaba, ya todo lo que tuve se me fue, si tú también te vas, me lleva la chisteza, no dejes que me muera en el alcohol si tienes un camión, empéñalo y regresa.



* Gámez Navo Omar. Al contado. La Cábula. México. 2009

17.10.09

Ex libris


Los caballitos de Tarquinia*

Hasta ahora sólo me he acostado con hombres de ideas claras

y no me ha salido bien.

Son hombres que no conocen ni el alcance ni el significado del amor.


Marguerite Duras


En un par de semanas el calor sólo será un recuerdo. La lectura vespertina frente al ventilador, hace que la tarde se salve. El zumbido que ahora habita la casa, no deja cabos sueltos, hay una hora en el día en que el silencio es quebrantado. Los cabellos se sujetan a mi cuello, con la humedad que provoca los 36 grados, mientras que la sábana moldea mi cuerpo.


Tal vez sea el amor lo que a la larga le vuelve a uno así de malo. Las cárceles de oro de los grandes amores. Y estar encerrado, a la larga, vuelve malo a cualquiera, aun a los mejores.


Caballitos de Tarquinia de Marguerite Duras, es el libro que ocupa el lugar al costado de la almohada, en estos escenarios tan parecidos, el amor y el calor se vuelven insoportables.


La música era triste. Tenía algo de amargo, como los regresos, como los días siguientes a un acontecimiento, y todo el mundo lo sentía probablemente así. Era un tango, y hablaba de amor. La noche era tranquila y cálida, surcada apenas por la leve brisa del río, y la música llegaba intacta bajo la pérgola. Su desgarro estallaba como un grito.


Sé que podría ser peor. Existe un sonsonete quejumbroso en mi cabeza, que no me permite ver más allá de la arena que le cubre para alejarlo de esta situación idílica. Su nombre se pronuncia y cae como un disparo en medio de la calma. Se lo dije: La fidelidad no existe. A mí siempre me han conmovido los hombres y a él las mujeres, esto nunca fue cosa fácil.


Para el amor no hay vacaciones -dijo-, no existen. El amor hay que vivirlo totalmente, con su aburrimiento y todo; para eso no hay vacaciones posibles.


De mares, no comprenderá que hay barcos que son imposibles de anclar, que nunca tendrán playa fija. Nunca se esperan respuestas definitivas, él se acerca y pregunta:


Los paseos por el mar, ¿no te dicen nada? -No, con ella perdí la alegría de vivir. Ahora no soy más que tristeza.



*Duras Marguerite. Los Caballitos de Tarquinia. Tusquets. Barcelona.

2003

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21.9.09

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Aviso de obra*
Matza Maranto

A Marco A. López,

por su cumpleaños.



Sólo razones triviales pueden salvarme.
Hundirte en el hueso de tu propia casa
.
Cecilia Romana

Desde el puente la ciudad se hizo pequeña. Sabía de memoria lo que seguía: que te vaya bien, tú sabes que siempre contarás conmigo, no es por ti, es por mí, sólo es cuestión de tiempo, esta situación es a causa de la distancia y un sinfín de cosas, que la única función certera que tuvieron era agudizar el vacio. Uno nunca se da cuenta cuando en la mesa comienzan a sobrar cubiertos.



Nada es sobrenatural. Delante de esta mujer que usa mi nombre y escribe, aunque no lo sepas, las horas se bifurcan y crecen hacia sus treinta años. Porque las cartas nutren otras cavidades.



La lluvia junto con el olvido cayó sobre el asfalto. No hubo recuerdos fotográficos en esta historia, me atrevería a decir que el frío de la navaja se sintió desde el inicio, ahí cuando nos sobraba cordura y el norte era el único desafío.



Hay que andar mucho para toparse con una tierra deshabitada. Nadie entiende que los tamaños determinan al mundo. La distancia no tiene proporciones humanas. La certeza de no ser correspondida, tampoco.


No contestaré me repito constantemente durante el regreso a casa. Sobre el sofá está Aviso de obra de Cecilia Romana, pienso en que es hora de una reconstrucción, al carajo, me digo, aquí no hay nada de derrumbes, quizás sólo remodelaciones necesarias.



Tuve ganas de meter tus papeles en una bolsa. El peso es mínimo. Podría levantarla con una mano. Cruje el contenido por la presión de mis dedos. Pero no es verdad que soy una mujer ordenada. Me distraen los objetos que están fuera de lugar.

*Romana Cecilia. Aviso de obra. CONACULTA. México. 2008.
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13.9.09

Ex libris


Conversando con el Ángel*
Matza Maranto

Quiero devolver la cinta de mi vida,
Conversar con un ángel.
No pensar:
Pero es verdaderamente vano mi deseo.
Jaime García Maffla

Las distancias pueden ser el hilo conductual a la nostalgia. El mariachi entona una canción que se vuelve la algarabía en los presentes, Carlos busca dejar testimonio con su cámara fotográfica. La tarde caía sobre la inmensidad del lago de Camécuaro, las horas ahogaban en sus aguas mientras el verano era amenazado por la tormenta.


Conversando con el Ángel veo pasar el tiempo y los hombres. Caerás junto a mí en la batalla, nos tragaremos el polvo que somos y en que nos convertimos. La humildad no existe. Acaso sea en la muerte o en la ausencia de la fe cuando el brillo del bronce del auténtico color a nuestras caras, entonces pase, quizá la luz del jardín a la ventana y la sombra translúcida, que está contigo cuando callas tome al fin sus alas y vuele. Y el beso de Judas, tres veces dado en la boca, traerá en su metálico sabor a la memoria, el espacio que llenaba la palabra del Ángel.


La plática transcurría entre la empatía de Colombia y Chiapas y la aparente melancolía que en ocasiones puede presentar ciudades como New York. Aguasaco (autor de Conversando con el Ángel) pregunta si Latinoamérica pueda cabernos en el puño y como respuesta le extiendo a Latinoamérica en la palma de la mano. Le digo que las nacionalidades son sólo un pretexto temporal.


Este mundo es por definición desprecio y arrogancia. Gesto de asco y el asco de hombres hombro a hombro sentados en el tren. Mirada fija que en punto medio se cruza sobre ti y en ti se disipa en un arabesco con forma de turbante. No es este mundo tu mundo y lo es. La ciudad está allí para ser tomada, la ciudad está allí para derrocharse, para dar desprecio, para ser reflejo del hombre y el hombre para recordar siempre, no importa donde se mire, el calor de un lente te abriga con la discreción obscena de quien sin mirarte te observa.


Carlos enfrenta el ocaso en New York como la herida que renace día con día. La metrópoli se apodera de la poca sensibilidad que emana la nostalgia. En el transcurso del regreso, repito: New York era una mirada en el bar y un motel a las afueras, un argumento de Huidobro producido por David Lynch, César Vallejo envenenado con luces y otra vez la mesera que da un brinco ensayado. La mujer que me sirve y me enseña la espalda, la joven actriz que se sorprende al verme leer. Matza realmente New York no es tan lejano- pronuncia Carlos- mientras la cerveza sofoca el calor, es ahí cuando se acerca y me dice al oído:


New York era un largometraje en technicolor, la bailarina sentada con el poeta y la preciosa india peruana que traduce al español todo lo que dice la rubia.

*Aguasaco Carlos. Conversando con el Ángel. Sin frontera editores. Colombia. 2003
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El amante*

Matza Maranto

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde
Marguerite Duras

La pantalla del cine reflejaba quizás, una historia que algunos años atrás me causaba empatía. Karenina tiene la certeza que a ésta tarde la salvará Marguerite Duras. La sala de cine tenía un aire desolador ese sentimiento tan parecido al que se produce cuando se menciona la palabra soga en la casa del ahorcado. Sin duda alguna, a mis 24 años, envejecí.

Ahora comprendo que muy joven, a los dieciocho, a los quince años, tenía ese rostro premonitorio del que se me puso luego con el alcohol, a la mitad de mi vida. El alcohol suplió la función que no tuvo Dios, también tuvo la de matarme, la de matar.

La noche nos alcanzó.
Siempre lo supe: hay historias en las que el punto final, no existe. El camino de regreso a casa estuvo plagado de recuerdos. Leí El amante de Marguerite Duras hace un tiempo, fue de esas lecturas que llegan con un adiós de bienvenida. Así como la felicidad es un estado de ánimo y no un estilo de vida, la tristeza se encontraba estacionada en la memoria.

En último término empieza a comprender que la partida que los separará de la pequeña es la oportunidad de su historia. Que no está hecha para casarse, que escapará a todo
matrimonio, que tendrá que dejarla, olvidarla, devolverla a los blancos, a sus hermanos.


La película aniquiló cualquier rastro de júbilo. Mientras Karenina recuerda algún instante fotografiado, yo repito lentamente:

La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie.



*Duras Marguerite. El amante. Sol 90. Chile. 2006
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14.8.09

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Un día perfecto para el pez plátano*

(Nueve cuentos)

Matza Maranto

Conocemos el sonido de la palmada de dos manos,
Pero ¿cuál es el sonido de la palmada de una sola mano?

UN KOAN ZEN

Nassau, es el refugio perfecto. Mientras Javier recuerda lo reconfortante que es la lectura de Salinger, lo observo. Es a esa hora de la tarde cuando todo se vuelve incomprensible. Él sostiene la copa de vino para recordarme las cosas verdaderamente importantes. Afuera llueve, no existen piratas habitando las avenidas, sólo el frío que aumenta a la caída de la tarde.

Ya estoy harto de poesía, de todos modos, un hombre camina por la playa y, desgraciadamente la cabeza se le parte en dos. Entonces su mujer viene por la playa cantando una canción y ve las dos mitades de su cabeza, las reconoce y las recoge. Se pone muy triste, por supuesto, y llora desconsoladamente. Ahí es precisamente donde la poesía me cansa.

Nos reímos mientras oscurece. El bar tiene lo necesario para saberse en casa; a lo lejos un blues nos inunda, hablamos de los últimos sucesos importantes y te digo que en verdad, niego cualquier comprensión ajena, quizás para fortalecer la certeza de no saberme perdida. Es así como la historia nunca termina, solamente se le ve desde otro ángulo.

Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cochinos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir.

Le digo a Javier que en verdad los colores no existen, son sólo nombres. Y que siempre, siempre he estado segura de que el ratón que escapa de la trampa vuelve cojeando a casa con nuevos e infalibles planes para matar el gato.


* J. D. Salinger. Nueve cuentos. Edhasa. España. 2008

24.7.09

Botto y Maranto